El dinosaurio de Monterroso: la exégesis política más breve del mundo

El dinosaurio de Augusto Monterroso no solo es la fábula más corta y famosa del mundo, sino también todo un ensayo histórico de la realidad política e histórica latinoamericana.

Por Jorge Ramírez y Juan Toledo


 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Son quizá las siete palabras juntas más citadas, estudiadas y parafraseadas en lengua castellana, mediadas tan solo por una humilde coma que parece partir la realidad del mundo en dos. Tiene tantas traducciones al inglés como El Quijote de Cervantes y es también uno de los ensayos más perceptivos de lo que ha sido la cultura política y social de nuestro ilustre pero periférico continente. Sabemos bien que al acercarnos a esta bestia literaria y mezosoica no somos los primeros en hacerlo con un ojo crítico y expansivo, pero intuimos que quizá sí somos algo pioneros en considerar su dimensión social y política, más allá de la mera parodia o de la explotación de la figura del dinosaurio como significante.

Todo en él es brillantez y precisión: tres adverbios, dos verbos en diferentes tiempos verbales, un sustantivo y un artículo definido. La dimensión temporal de la fábula está escindida por una coma que separa dos formas del pasado: la pretérita y la imperfecta. Sobre este punto hemos de recordarles a monolingües (y despistados gramaticales) que el imperfecto no existe en idiomas como el inglés o alemán, hogares lingüísticos del pragmatismo e idealismo filosóficos, respectivamente. Hay que entender entonces que lo nuestro es más un pasado imperfecto –también llamado pasado inmediato– que formas sociales más organizadas y estructuradas como el pragmatismo británico o la callada neurosis del idealismo teutón.

Más de una persona ha anotado ya las interrogantes inmediatas que surgen a ambos lados de la coma en la fábula monterrosina. Primero, ¿quién despertó? O, igualmente, ¿quién estaba durmiendo? Y segundo, ¿dónde precisamente es allí?

Sería un error omitir las referencias filosóficas del sueño como significante ontólogico. Desde la caverna de Platón en La República hasta Inmanuel Kant, pasando por Freud y Jung. Kant, hablando del empiricista escocés David Hume, afirmó que este “lo despertó de su adormecido letargo” filosófico; a lo que Bertrand Russell añadió “el problema con Kant es que al parecer se volvió a quedar dormido”. Así, exegetas de la fábula minimalista de Monterroso han apuntado a múltiples referencias pero ninguno ha recordado ese epigrama goyesco de también siete palabras: “El sueño de la razón produce monstruos”. Una máxima engravada en nuestra memoria y que desde mediados del siglo XIX nos sirve de recordatorio prodigioso, pero algo valetudinario, de los excesos militaristas de Napoleón, Hitler, Stalin, George W. Bush y, desafortunadamente, muchos más.

El gran Francisco Goya es el primer artista en representar los horrores de la guerra sin ningún tipo de ambiguedades románticas, y de los pocos pintores quienes hasta la fecha han permanecido sordos a esa voz susurrante que siempre busca mitologizar toda acción bélica, toda campaña militarista, particularmente si está concebida dentro de la narrativa aceptable del “pentagonismo”, que es capitalismo predominante de nuestros días. Es por ello que la sensibilidad artística de Goya está mucho más cerca a la de Monterroso de lo que usualmente suponemos.

Y mientras Goya nos recuerda que la sinrazón del instante onírico engendra monstruos, la  respuesta a la pregunta del microrelato de quién dormía tiene que ser socio-ontológica: nuestra conciencia histórica. Esa respuesta se justifica por la naturaleza ultra elíptica del mismo relato. Con un relato tan breve toda interpretación constituye ya una meta narrativa, todo a partir de él solo puede ser una adición. Luego nos hemos despertado a un presente forjado en un pasado imperfecto y con un enorme monstruo que no hemos sido capaces de exterminar. Pero, ¿qué tipo de monstruo ha producido la prolongada siesta de nuestra conciencia histórica? Una criatura antihegeliana y ovípara: la de un Estado envilecido por la corrupción y debilitado por la falta de fe cívica de sus ciudadanos; un Estado que por no poseer atributos evidentes no puede recolectar los tributos necesarios para superar su propia parálisis política.

Toda literatura que se precie es a la vez percepción e intuición. Monterroso percibió nuestra modorra intelectual y social mientras intuía cómo la imperfección de nuestro pasado, sumado a nuestra inhabilidad innata por gestar cambios, engendraría sociedades cívicamente pobres, tecnológicamente dependientes e individuos no con una angustia existencialista sino algo aún peor y más insidioso por su colectividad y ubicuidad: una angustia cívica. Tal vez no todos podamos ver la grotesca figura que todavía está allí, pero lo que sí es cierto es que seguimos teniendo un huevo tan grande como el de un dinosaurio.


 

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